jueves, 21 de febrero de 2019

 ATOCHA  67


Venia de la playa, cuatro días tranquilos, y ahora otra vez a la rutina.
Al darse la vuelta para coger la maleta, vio en la ventanilla de enfrente a la niña con su nariz pegada al cristal,   la observaba con esa mirada ávida de vida.
Tendría unos seis años, los mismos que ella cuando llego a esta misma estación de Atocha con sus padres, venían del pueblo buscando porvenir, a vivir a Madrid como todo el mundo.
Nunca olvidara ese día, porque esta misma estación de hoy era negra, olia a negro de hollín, negro de trenes, negro de seres sin nombre que cargaban maletas en carritos con sus batas grises de trabajo y el negro hueco de sus bocas sin dientes.
Era blanco y negro de pobreza,  de noches cortas de descanso y sueño.
Su padre no le pidió ayuda a ninguno de esos mozos, habría que pagarle. 
Cargo la enorme maleta en sus hombros con esas  fuertes manos de campesino que tenia, las mismas que ella adoraba aferrar. 
Su madre torciendo su bonita figura por el peso de la otra maleta y con su sonrisa, esa sonrisa amplia y franca que tenia, agarraba su mano.
Siguieron andando los tres sin separarse hacia la incierta salida, esto recordaba al bajar del tren.
Mientras la niña del cristal saltarina bajaba al andén de la mano de su padre, viviendo un cuento, ese en el que los niños transforman la realidad, y en el que son personajes únicos e indiscutibles.
Las dos se seguían mirando de soslayo, hasta que fueron engullidas por esa gran boca de ciudad a la salida de la estación.
Pilar, según iba andando no dejaba de preguntarse como vería la niña esta misma estación cuando tuviera su edad.
                                                                                   
3 de Marzo 2018
  Pilar Jiménez Ortega

                                                                                  

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