Venia de la playa, cuatro días
tranquilos, y ahora otra vez a la rutina.
Al darse la vuelta para coger la
maleta, vio en la ventanilla de enfrente a la niña con su nariz pegada al
cristal, la observaba con esa mirada ávida de vida.
Tendría unos seis años, los mismos
que ella cuando llego a esta misma estación de Atocha con sus padres, venían
del pueblo buscando porvenir, a vivir a Madrid como todo el mundo.
Nunca olvidara ese día, porque esta
misma estación de hoy era negra, olia a negro de hollín, negro de trenes, negro
de seres sin nombre que cargaban maletas en carritos con sus batas grises de
trabajo y el negro hueco de sus bocas sin dientes.
Era blanco y negro de pobreza, de noches cortas de descanso y sueño.
Su padre no le pidió ayuda a ninguno
de esos mozos, habría que pagarle.
Cargo la enorme maleta en sus hombros con
esas fuertes manos de campesino que
tenia, las mismas que ella adoraba aferrar.
Su madre torciendo su bonita figura
por el peso de la otra maleta y con su sonrisa, esa sonrisa amplia y franca que
tenia, agarraba su mano.
Siguieron andando los tres sin
separarse hacia la incierta salida, esto recordaba al bajar del tren.
Mientras la niña del cristal saltarina bajaba al
andén de la mano de su padre, viviendo un cuento, ese en el que los niños
transforman la realidad, y en el que son personajes únicos e indiscutibles.
Las dos se seguían mirando de
soslayo, hasta que fueron engullidas por esa gran boca de ciudad a la salida de
la estación.
Pilar, según iba andando no dejaba de
preguntarse como vería la niña esta misma estación cuando tuviera su edad.
3 de Marzo 2018
Pilar Jiménez Ortega

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